Me sobra tiempo, o mejor, se desatan pensamientos que me llaman a visitar sonidos, letras, o en otros casos oscuridades, los cuales a mi entender, a mi juicio, son llamados de mí yo suprainterior a dedicarme a mi destrucción. A pesar de esto me desenfreno a consumirme bajo la llama picante de una pantalla cibernética e infernal que me seduce con sus promesas de hedonismo, con su baile de millones de posibilidades, libertades que en fin son garrapatas que carcomen mi cacumen de una manera sutil e inteligente. Las tildes, cada vez que las visito, me evaden más. Desde que las dejé, porque conseguí otra novia llamada desorden, llora en los verbos pasados no queriendo consentirles su última silaba. Me duele, me duele mucho porque siempre lo he sabido, pero mi falta de voluntad camina por las introducciones de todos los libros que compro sin leer plus ultra de esas primeras hojas. Lo sé, lo deseo, pero no comprendo, no llega a mi poder la posibilidad voluntarista de no detenerme seis horas sin pensar en los millares de componentes desconocidos de seres y cosas extraordinarias, a la hora de descifrar una teoría de complejidad absoluta, el cual es un cosmos de estrellas que, con mis telescopios uno punto veinticinco debo comprender. Por mi cabeza pasa el término de comprensión y, sin relacionarlo con el término disciplina no lo puedo entender. No existe ritmo que pueda dominar con facilidad, cada ritmo de descubrimientos sistemáticos me toma demasiado tiempo en componerlo porque la energía necesaria para dicho estadio es equivalente a dos generaciones de mis ancestros intentado desviar el peso de la dialéctica histórica. Al parecer existen hilos invisibles que atraviesan la medula de los hombres de ésta familia, los cuales, ante caderas anchas y carnes humeantes segregan hormonas sexuales que destruyen cualquier posibilidad de controlar y manipular el curso de la evolución de esta familia en la historia. Yo tengo plena certeza de que mis posibilidades de lograr romper este mito mestizo se reducen cada día que corre al intentarlo, pero a pesar de ello, continuo con terquedad porque aparecen nuevos enigmas que me hacen pensar que estoy próximo a lograr mi meta. Entre esos enigmas esta el presente mundo que tenemos, usted y yo, en las manos, en mis manos que son las manos que usted piensa en este instante, pero que en este momento son las manos desconocidas para usted que yo uso para que usted pueda pensar en mis manos. Suena paradójico y complexo, no deseo explicárselo pues, de pare, sería un irrespetuoso trato de gusano que no considero sea apropiado para usted, si usted es un humano comprenderá que tal vez, si no llega a entender mi problema -que es bastante pesado y terrible-entonces el concepto de humanidad se desbaratará. ¿Qué puede decirme de mi humanidad?, yo le hablo a usted sin saber quien es, mientras que en altoparlante suena una oda para Napoleón de Shöenberg, sin que tenga la posibilidad mediática de transmitir a usted todo mi enredo sentimental y racional, entremezclado en un ámbito de subjetividad profunda. Y usted, ¿Quién es? Vea pues, no tengo disciplina, me he desviado de lo que buscaba, o tal vez mi problema es que no buscaba nada, que mi herencia es estar preparado para la nada, para vivir con angustia, enamorado de la muerte, de aquellas mujeres que por dinero me rompen el tiempo y el espacio que los morales me construyeron para pensar en que soy un transgresor. Sin embargo insisto, ¿Quién es usted?, señor, señorita, o quizá homosexual, sepa usted que siento odio hacia los maricas, contra eso si no dudo en acabar en mí puesto que ando en este momento ocupado en exterminar mi falta de voluntad. Yo no me lo imagino a usted. Lo veo a usted en mí, considero que sus respuestas están limitadas a todo lo que sé, a lo que conozco, lo que aprendí. Es decir, tengo un arma en mis manos con las cuales lo abrazo a usted y lo hago sentir acompañado a pesar de que no existo, solo existo para mí y me hago compañía en soliloquio. Sabe quisiera conocerla, es para mi vital su existencia para sacarme de este peligroso mundo con el cual puedo destruirlo, la única forma de salvarnos es que usted aparezca. Yo voy introducido en este papel, el cual, a través de todo lo que su memoria guarda comprenderá como un usted, como si usted hubiese escrito esto y quisiera conocer la forma en que lo hizo conociéndome a mí. Lo invito, te invito mujer, los invito a unos tragos, a que me ayuden a comprender el por qué de mi dispersión, el por qué de mis deseos apagados por piernas mulatas, por sonatas frigias y relucientes movimientos. ¿Le gusta la idea de que sin conocernos nos sentimos bien, de que de alguna manera al usted leerme siente un atracción de cómo terminara mi forma de atraerlo hasta le final en el que usted terminará por oprobiarme y dedicar unos cuantos segundo a manifestar su inconformidad con el final que le realizo a este texto? Déjeme decirle que siento que hemos sido criados para no conocernos, al menos no en la modernidad, somos hechos para ser edipos, para retornar a nosotros mismos sin cesar, a buscar a los demás para buscarnos a nosotros mismos, para ocultar en el verbo Yo la falsedad del Nosotros, la mentira del Ellos y la irracionalidad del Eso. Podría yo manifestar, ¿Wer du bist?, usted probablemente no me comprenda -a menos que pertenezca a la élite conquistadora- y se desligue de este contexto español, mestizo y homogéneo que me compromete como latinoamericano, como piel morena que se quiere broncear aún más con las ondas producidas por la televisión, que desea sobrevivir a la aplastante rapidez de la modernidad, la cual está próxima a chocar, significando esto nuevas guerras verbales, nuevas lenguas y formas de entendernos. Adiós. ¿Ahora, sabe usted donde está mi disciplina?